Álvaro Pérez Gómez - "Tibot"
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Narración • Fecha: 16-07-2005 12:56:30
Valenciano de corazón, natural de Ontinyent, Álvaro Pérez Gómez escribe tanto poesía como relato.
Tibot es una breve crónica de lo que le aconteció un día cualquiera...
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Blog de Álvaro Pérez Gómez
Hoy es sábado. Como otra noche mas, he quedado con los colegas para cenar con un partido de la selección como pretexto. Creo recordar que era uno de los últimos partidos clasificatorios para el próximo mundial que se celebrará en Alemania. Se enfrentaban España y Serbia-Montenegro, pero como ya he comentado, este dato poco importa a la historia que hoy el nota se dispone a relatar.
Son ya las 21.00, llego tarde, tan tarde como siempre, tan pronto como nunca. No me ha dado tiempo a descongelar el pan y no me apetece ponerme a freír cualquier detrito cárnico, así que opto por comprarme un bocadillo en cualquier bar cercano al lugar de la repartición de los panes y los peces. En el coche suena El Último Ke Zierre, concretamente “Fornicaré est Pecatum” .El bar que había escogido, por su eficiencia y por que tampoco se nota tanto el gusto a plástico en su finísimo lomo foliado en papel de fumar de Rizzla de ¼, estaba cerrado, así que opté por mirar calle abajo, más cerca aún de casa de mi amigo. Veo un hueco para aparcar en la misma avenida donde me dirijo, así que tratándose de Ontinyent, ni me lo pienso y aparco rápidamente. Justo al lado hay un mítico y famoso bar, conocido por su continuo vaivén de gente en días como el de hoy. Paro el discman muy a mi pesar, pero aún así dejo sonar las últimas notas de “No tengo Miedo”, del mismo grupo que mencionaba anteriormente. Me apeo del coche y me dirijo directamente al bar.
Entro al susodicho bar y lo primero que me llama la atención es la escasez de gente que había en el interior. Eso si, todos pendientes del partido de la Selección. Lo siguiente que me llamó la atención nada más cerrarse la puerta fue el tipo que había apoyado en la barra. Su apariencia mostraba fatiga, cansancio, indiferencia y una vida de perros, todo eso averigüé simplemente con el soslayo de mi mirada en su caricaturizada y rasgada tez marchita. Emanaba un aire a perfume de Madrid en pleno atasco, su incombustible cigarrillo negro se consumía en el cenicero. Sin más dilación pido mi bocadillo de lomo y su correspondiente aliñado ajoarriero, y una caña para acompañar la espera. El camarero toma nota y se entra para la cocina. Allí solo estamos el susodicho personaje, una mujer sentada a mis espaldas y un hombre de longeva edad y lánguida mirada, como si de un perro San Bernardo se tratara, sentado también a mis espaldas, pero apoltronado en unas mesas largas, como de intempestivos almuerzos de cazadores que allí suelen prepararse.
Me enciendo un pitillo para acompañar a la caña y observo atentamente el partido en la tele que tengo justo delante de mí y que queda justo por encima de la cabeza del tipo anteriormente descrito. De pronto me da la sensación de que el hombre quiere entablar conversación, y no me equivocaba, porque de inmediato se dirigió a mí con tono de agravio y me dijo:
- “Este partido no será como contra los Chinos. Esto no va a ser tan fácil, estos tienen sangre en las venas. ¡¡¡Los Chinos no metían la pierna, con esos ojos cerrados es que no ven nada!!! – se dirigió hacia mi, como digo con un tono serio y agraviado.
- “Desde luego que no, señor. Este equipo es el Brasil de los Cárpatos, así se les llama en el argot futbolístico.” – le comenté como quien simplemente quiere hacer una puntualización, pero no, aquí comenzó una más de las historias del notas.
- “Oh si si, desde luego, ya lo había escuchado varias veces. Pero… no, no! Déjame ver…Claro! Los Cárpatos están en Rumania. Estuve allí el verano pasado con mi mujer, mi hija y su marido, que es de allí de Rumania. Pero vamos, que es un chaval que ha nacido aquí entre nosotros, en Gandia concretamente, pero vaya, que ha vivido toda su vida como nosotros y está bien civilizado. No es como estos inmigrantes de hoy en día que van por las calles haciendo mal y delinquiendo…” – dijo el hombre como intentando justificar lo que no tiene justificación, la nacionalidad de una persona.
A todo esto, yo simplemente asentía con un esclarecedor movimiento vertical de cabeza, como afirmando su docta tesis. Mientras, apuro las últimas letras de mi cigarro y las baño en la dorada malta. De pronto, el hombre, tas unos 30 segundos de incomparecencia y como pareciendo incomodado por el silencio, se vuelve hacia mi y prosigue su relato.
- “Estuve en Rumania, en los Cárpatos este verano, ¿te lo he comentado? Fuimos en coche, en mi coche, desde aquí hasta Rumania, pasando por Francia, Italia, creo que parte de Suiza… y los Balcanes . Te aseguro que lo del castillo del Conde Drácula es cierto. Yo lo vi, es un palacio como hechizado y realmente oscuro, con muchas escalinatas de pequeños baldosines. Lo que pasa es que allí ves mucha miseria, hay mucha hambre por la calle. Esas cosas las ves, las notas, te piden pan con la mirada…” – comentó él como reafirmándose en la aportación de datos que esclarecieran que verdaderamente había estado allí.
- “Oh, desde luego, faltaría más! Claro que existe. Y claro que hay miseria, por eso vienen aquí a España” – mientras me preguntó hacia que páramos se dirigirá la insospechada conversación, puesto que estoy aquí debatiendo sobre el Conde Drácula mientras veo un partido de fútbol. Y ese fue nuestro punto de partida, no lo olvidemos.
Pasaron unos instantes más prolongados que el anterior hasta que el buen hombre volvió a dirigirse a mí.
- “Mañana creo que no me va a apetecer ir a currar. ¿Sabes cuantos años tengo?
- “Ciencuenta y cuatro”, contestó el rápidamente sin darme tiempo a aventurarme en cifrar sus canas.- “Pues quizás mañana no me levante para ir a currar. Llevo 38 años trabajando en el mismo empleo, en la misma empresa. De hecho, tiene tanta historia la fábrica como yo. Así que yo mañana voy cuando me salga de la polla y adiós muy buenas. A ver quien tiene cojones a decirme a mi algo por llegar tarde. ¡¡Tarde llegan ellos que nacieron y yo ya estaba allí currando coño!!!!
- “Pues debe sentirse privilegiado conforme está hoy el mundo laboral” – simplemente eso le contesté.
- “Bueno, por supuesto. De hecho, allí me quieren mucho todos. No me puedo quejar, soy muy querido. Mira, este reloj es un Longiness de oro que vale 200.000 pesetas, ¿Qué te parece? Mira tómalo, muérdelo si quieres, es de oro.
- “Si, si, si no hace falta mordisquear algo así para darse cuenta de que realmente es de oro y o dorado o bañado en oro. La diferencia se ve enseguida…”, ahí apagué definitivamente mi voz y mi voluntad de seguir con la conversación, no se por que motivo, pero no me sentía con ganas de seguir hablando. Así que me acabé de un trago la caña y, cuando iba a dejar el vaso encima de la mesa, nuestro buen amigo me comenta…
- “Tío, ¿tu te crees que hay derecho a que un currante como yo tenga que aguantar a la borracha de mi mujer, que la tienes detrás de ti, que lleva desde las 9 de la mañana tomándose gin-tonics? ¿Cómo cojones superas eso? ¿Qué hago yo? Dime , que hago… Esta lo que necesita es un buen…-y me hace un gesto extendiéndome el antebrazo y agitándolo ostensiblemente- pero claro, ¿Tú la has visto bien? Si es una vacaburra alcohólica que no se entera de ná. Trabaja aquí abajo en una tienda de mercería. Así que nada, a dos velas estoy siempre, porque ya hay que tener valos para hacérselo a mi mujer, hay que tener valor. ¿Tu la has visto bien muchacho? Mira, dale una ojeada sin que se entere y me dices.
En ese momento tiempo, espacio y cuerpo se fundieron en un bálsamo de anarquía. Me entraron incluso sudores debido a la incómoda situación, ya que la mujer estaba a escaso metro y medio justo detrás de mí. Claro la cuestión era si mirar o no mirar, y, en caso de mirar, que decirle al buen hombre. Si le decía que era hermosa, o incluso normal, podría pensar que le tomaba el pelo. En cambio, si le daba la razón, corría el riesgo de dar una opinión que no gustara a sus oídos, más aún teniendo en cuenta que nos conocíamos desde hacía escasos diez minutos. Así que mi reacción fue girarme hacia la barra y mirar al camarero, el cuál interpretó mi gesto como un socorrista que divisa en la lejanía un cuerpo exhausto que va a ser tragado por las olas. Sin dar momento a que abriera la boca me dijo.
- “Su bocadillo ya está señor. Son 2.80. ¿Se lo pongo para llevar?, ¿quiere una bolsa? Por cierto, la caña la tiene pagada, corre de mi cuenta”.,- esto último me lo comentó por lo bajo mientras el hombre delgado, el de los Cárpatos, volvía a clavar su mirada perdida en el televisor.
En ese momento vi la luz, también el rostro de su ultrajada dama, y la verdad es que era un verdadero espanto. Mi mente levitaba en esos instantes sobre el cuadro del Grito de Munch. Mientras, intentaba sacar las monedas para pagar con el mayor número de céntimos posible. En esto, el hombre se atisbó de mi forcejeo con la cremallera del monedero, me pagó el bocata, me posó su mano en mi hombro, me miró como perdiendo su mirada de ingravidez por solo un segundo y me dijo:
- “Hijo, el tiempo se va y nunca vuelve. Aparentará el hoy ser como el ayer, pero jamás lo es cuando el ayer fue arrojado al retrete. Cuando es así, el hoy es absolutamente un vertedero de mierda”.
Me guardé el monedero en mi chupa, completamente en silencio y sin apartar mi mirada de la suya. Le di las gracias, puse mi mano también sobre él, le deseé suerte en la vida y marché, con una lección más aprendida y con el corazón completamente encogido, dando las gracias por una más de las serendipias que continuamente vienen a buscarme cuando intento distinguir entre realidad y sueño.
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La Cantina Digital
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